Argentina
November 26, 2025
La introducción del cereal en los desafiantes campos de Guatraché, en La Pampa, es un nuevo hito en la expansión de la frontera agrícola. El rol clave de la tecnología y el conocimiento.
El maíz, domesticado hace más de 10.000 años, sigue ampliando sus fronteras productivas gracias a la ciencia, la tecnología y la decisión de productores que se animan a sembrarlo donde parecía imposible. Un ejemplo de esta expansión está en La Pampa, más precisamente en el establecimiento “La Luna”, ubicado en el Departamento de Guatraché, donde desde 2013 se lleva adelante una experiencia pionera que demostró que el cereal puede prosperar incluso en zonas marginales.
El ingeniero agrónomo Federico Granillo Posse, consultor técnico de Bayer, fue quien impulsó la idea: “Cuando conocí el campo, sólo se hacía ganadería y trigo. Era un terreno muy limitado, incluso para la ganadería. Propuse sembrar maíz en un lugar donde se creía que era inviable”, relató.
El desafío no era menor. Los suelos de La Luna presentan una fuerte heterogeneidad y una capa de tosca que limita el desarrollo de las raíces. A ello se suma un régimen de lluvias escaso –en promedio 500 mm anuales–, altas temperaturas en enero y heladas tempranas en marzo. “La clave fue encontrar la fecha de siembra adecuada, entre fines de noviembre y los primeros días de diciembre, para evitar los extremos climáticos”, explicó Granillo Posse.
Tecnología, manejo y paciencia
El proyecto comenzó con ensayos de distintos híbridos y densidades, que fueron desde 10.000 hasta 50.000 plantas por hectárea. Con el tiempo, se consolidó un esquema de siembra de entre 15.000 y 40.000 plantas según el ambiente, acompañado por una fertilización estratégica que combina el aporte del suelo con aplicaciones de urea y fósforo.
La media de rendimiento en 12 campañas es de 4.410 kilos por hectárea, con picos que superaron los 7.700 kilos. “No todos los años fueron buenos, pero logramos estabilizar la producción y darle previsibilidad económica al campo”, subrayó el ingeniero.
Según explicó, antes de la introducción del maíz, el establecimiento estaba atrapado en un monocultivo de trigo y cebada, con problemas de malezas y enfermedades. La incorporación del maíz no sólo diversificó el esquema productivo, sino que mejoró el suelo gracias a su sistema radicular y al aporte de rastrojos. “El maíz permitió cortar un círculo vicioso y abrió la puerta a un sistema más sustentable”, señaló Granillo Posse.

Agricultura digital y decisiones de precisión
El proyecto también incorporó herramientas de agricultura digital como FieldView, que permiten ambientar los lotes con imágenes satelitales, analizar datos aportados por la maquinaria y prescribir siembras específicas para cada sector. “La digitalización nos da precisión y eficiencia: nos permite aplicar la semilla, el fertilizante y el insumo correcto en el lugar exacto y en el momento justo”, destacó.
La experiencia de La Luna demuestra que, con conocimiento, manejo y audacia, el maíz puede expandirse hacia territorios donde parecía inviable. “Es replicable en muchas zonas del país si se estudia bien el ambiente y se aplican las tecnologías disponibles. Argentina necesita más maíz: podemos aumentar rendimientos por hectárea y también sumar superficie”, remarcó el especialista.
Granillo Posse insiste en que la clave es tender puentes: “La ciencia ya tiene las respuestas, pero hay que llevarlas al productor y animarlo a decidir. Uniendo las partes, el agro argentino puede seguir conquistando nuevas fronteras productivas”.